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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

La muerte de su hermana Carmen

Etiquetas: Enfermedad, Familia Escrivá, Muerte, Voluntad de Dios, Administración
Distinta fue, en cambio, la muerte de su hermana Carmen. Pudo estar junto a ella, en Roma, cuando Dios se la llevó. Carmen había llegado a la Ciudad Eterna ya muy experimentada en las renuncias, en los detalles de entrega, y mantenía su buen humor y sencillez de siempre. También sencillamente, porque era Voluntad divina, supo acoger la realidad de la muerte con aceptación serena y alegre. Después de una enfermedad muy penosa, que duró dos meses desde que se diagnosticó, sufrió una agonía de cuarenta y seis horas en la que nunca perdió la unión con Dios. Guiada por su hermano y por don Álvaro del Portillo, hizo de su agonía una oración continua: “Estamos todos contigo –le decía don Álvaro en los momentos anteriores a su muerte–. Y sobre todo está Dios, que es quien te da la fuerza. Toda tu vida has estado trabajando por Dios, y ahora vas a encontrarte con Él”.

Murió en la madrugada del 20 de junio de 1957, festividad del Corpus Christi. Poco tiempo antes, a mediados de abril, los médicos habían diagnosticado un cáncer sin curación posible. Recibió la noticia “como una persona santa del Opus Dei”; así dijo don Álvaro al Fundador de la Obra. Y desde ese momento, con paz y con alegría, comenzó a prepararse para bien morir. “Cuando supimos de su enfermedad –escribió años más tarde un socio de la Obra–, la cuidamos como a nuestra madre, acompañándola y haciendo cuanto estaba en nuestra mano para que fueran más llevaderos esos días de vida que le quedaban”. Se pidió a Dios el milagro: “Señor, si quieres, puedes”. Ella rezaba “para que se cumpliera la Voluntad de Dios”. Y todos, con el corazón apretado, aceptaban lo que el Señor dispusiera, repitiendo: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén. La fe del Fundador del Opus Dei quedó confortada por una dedada de miel que recibió de Dios, y que dejó consignada –por tratarse de un hecho sobrenatural– en un documento que escribió y dejó en sobre cerrado, con la orden de que no se abriera hasta después de su muerte. Los socios de la Obra le oyeron aquellos días: Se acabaron las lágrimas en el momento en que muro; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Me tenéis que dar la enhorabuena, porque ya está en el cielo. Estaba ilusionada con irse al cielo, ilusionadísima. Ya nos está encomendando.

Había cesado su dolor y el sufrimiento de los que con tanto cariño la habían acompañado. La expresión de paz que iluminaba su rostro era reflejo de su vida de entrega serena y sacrificada al servicio de Dios. Sus restos reposan hoy, muy cerca de los de su hermano Josemaría, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central del Opus Dei. Y es bien justo que sea así, porque ella –sin ser del Opus Dei– fue también cimiento auténtico de la Obra.

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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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